EL TRÁNSITO DEL BRONCE FINAL A LA
EDAD DE HIERRO:
Con
el tránsito del Bronce Final al Hierro Antiguo la Península acoge la llegada de
los primeros colonos fenicios a las costas meridionales y la influencia más o
menos matizada de grupos transpirenaicos relacionados con diversos círculos de
la Europa continental. En el caso concreto de las tierras madrileñas, el cambio
no resulta tan espectacular como en otros círculos culturales. Sin embargo, la
ruptura con la etapa anterior es tan brusca como en otras áreas del interior.
Entre
los aspectos que mantienen una cierta continuidad destacan la persistencia de
la arquitectura realizada a partir de materiales orgánicos con los que siguen
construyendo estructuras de planta curvilínea dispuestas sin un orden aparente
y los asentamientos ocupados durante unos ciclos. Pese a todo, las tierras
madrileñas incorporan ciertas novedades estéticas y técnicas. Cabe mencionar
que algunas de estas novedades pueden estar relacionadas con cambios culturales
más profundos, como puede ser el consumo de nuevos productos o nuevas formas de
cocina. En este sentido, es imprescindible señalar el importante cambio que se
manifiesta en las formas y tamaños de los repertorios vasculares de mesa, a la
par que las vasijas más finas reducen su tamaño generalizándose un tipo de
pequeña taza de paredes muy finas, dotada de un pequeño umbo basal y
caracterizada por un cuello troncocónico o esvasado y cuerpo de perfil muy
acusado, en ocasiones carenado. Asimismo, los repertorios de cerámicas comunes
cambian notablemente, observándose la aparición de piezas de gran tamaño que no
estaban presentes en el Bronce Final y solo en el tránsito al Hierro II
encontraremos los primeros indicios de cremaciones.
LA PRIMERA EDAD DE HIERRO:
El
poblamiento:
Se
enmarca entre la segunda mitad del siglo VIII y finales del siglo V a.C. Varios
son los aspectos que caracterizan a este momento frente al Bronce Final: en
primer lugar, el definitivo abandono de los lugares previamente ocupados y la
instalación en puntos más altos. Además, solo esporádicamente encontramos la
persistencia de ocupación y cuando esta se produce coincide con las pocas
instalaciones del Bronce Final. El tamaño de esos núcleos es reducido, ya que
apenas suelen ocupar unos centenares de metros cuadrados, pues hasta el momento
no se han llegado a documentar agregaciones superiores a cinco cabañas. Esto
indica que probablemente acogerían a un grupo reducido de individuos.
La
economía debió tener una base agropecuaria similar a la anterior, aunque es
probable que ahora se introduzcan nuevas especies y nuevos medios de
explotación.
Se
puede afirmar que nos encontramos ante un modelo de poblamiento rural disperso
con núcleos de pequeño tamaño y con tendencia a la concentración en áreas de
mayor interés económico y estratégico como pueden ser: los términos de Aranjuez
y Alcalá de Henares o el cauce bajo del Manzanares.
La
personalidad del Hierro I del área nororiental de la submeseta sur en el que se
integra la región de Madrid estriba en una perfecta combinación de tradición y
renovación en un contexto social que no muestra signos de rupturas bruscas. En
cuanto a las características de los asentamientos se manifiesta que la zona es
deudora de las tradiciones locales y, posiblemente, con una estructura social
bastante próxima a la de sus antecesores y todo indica que son de escaso
tamaño. En cuanto a las habitaciones se identifican con estructuras dispersas
en el terreno con un zócalo, de unos 10 a 20 centímetros excavados en el
subsuelo, cerradas con manteadas de barro y materiales vegetales. Tanto la
superficie como la morfología de estas estructuras resulta muy heterogénea, con
plantas que van desde la circular hasta la pseudorectangular con cabecera
absidada, pasando por las de tendencia oval o de perfil lobulado y con el
acceso mediante pequeña rampa o escalón.
El
mundo funerario:
Es
el aspecto más desconocido, ya que hasta ahora no se conocen ni enterramientos
aislados ni necrópolis que, con seguridad, puedan vincularse a esta etapa. Por
otra parte si la posible ausencia de enterramientos fuera cierta, esta sería
heredada del Bronce Final en el que se pierden la antigua tradición de la
inhumación.
Los
elementos muebles y las relaciones con otras áreas culturales:
Desde
el punto de vista de las producciones cerámicas, se observa una cierta ruptura
por el abandono de las morfologías y los recursos ornamentales anteriores,
aunque aún se pueden destacar algunos aspectos que marcan una continuidad.
Entre ellos observamos la preferencia por los tonos oscuros de las pastas
cerámicas, su acabado cuidado, la preocupación de resaltar la decoración
realizada con instrumentos agudos, la continuidad de los temas ornamentales de
carácter geométrico, frecuentemente agrupados en metopas.
Entre
las variantes de cerámicas finas decoradas destacan, por su relativa abundancia
las cazuelitas de paredes finas con incisiones a menudo rellenas con
incrustaciones de pigmentos rojos o incluso con bricomías rojo-amarillo. La
distribución de esta ornamentación en el mapa de la Península aparece bien
delimitada en torno al sudeste peninsular.
Una
variante más que vincula al Tajo Medio-alto con el sudeste la tenemos en el
gusto por los acabados de “engobes rojos” que recuerdan la estética de los
barnices rojos fenicios. Aunque, en este caso están aplicados sobre ejemplares
hechos a mano con las técnicas indígenas y sobre morfologías también indígenas.
Estos engobes se aplican tanto en ambas superficies como exclusivamente en la
exterior y puede adquirir cromatismos y grados de adherencias diversos.
La
presencia esporádica de otro tipo de acabados como es el caso del grafito
reconocido en un ejemplar del Cerro de San Antonio marca contactos más
intermitentes con la cabecera del Tajo y con el ámbito donde posteriormente se
desarrollará la Celtiberia ulterior en las provincias de Guadalajara y Cuenca
donde este recubrimiento resulta especialmente abundante en algunos
yacimientos.
Entre
los rasgos no muy frecuentes que nos aproximan a ambientes más relacionados con
el mundo del sudoeste esta variedad decorativa resulta más frecuente en el
extremo suroccidental de Madrid (en torno a Aranjuez), área donde también
aparecen algunos recipientes con incrustación de botones de bronce que nos
lleva a idénticos contactos, sin duda por la mayor vinculación del Valle Medio
del Tajo con el ámbito orientalizante del occidente peninsular.
Las
influencias se confirman también en los motivos y composición de la decoración
geométrica, en la presencia escasa de la figura humana e incluso en la
excepcionalidad de la secuencia de lotos de un fragmento procedente de
Aranjuez.
En
cuanto a los objetos metálicos destaca su escasez, aunque se hace referencia a
una renovación de la tipología de los útiles. Un ejemplo es la sustitución de
las fíbulas de codo por otros modelos como es el caso de la fíbula de puente
simple.
Todos
los datos derivados de los materiales muebles nos llevan al reconocimiento del
Hierro I madrileño como un horizonte cultural perfectamente imbricado en la
nueva mecánica de relaciones que afecta a la Península Ibérica como
consecuencia del cambio cultural impuesto por los contactos con el mundo
continental europeo y el establecimiento de las colonias fenicias.
LA SEGUNDA EDAD DE HIERRO:
Han
sido pocos los trabajos de campo sistemáticos destinados a conocer los
yacimientos de la Segunda Edad del Hierro en la región madrileña.
Las
producciones manuales en cerámica son de filiación meseteña con predominio de
motivos impresos, estampillados o incisos. Estas series vasculares conviven con
variedades torneadas a partir de la adaptación de la rueda de alfar desde, al
menos, inicios del S. IV a.C.
Entre
los nuevos tipos destaca la cerámica pintada con temas geométricos, de
influencia ibérica, y la jaspeada, con una decoración que imita la madera al
aplicar un engobe de tono rojizo-marrón a la superficie del vaso. Esta variedad
es uno de los elementos más representativos del conjunto material carpetano,
aunque resta todavía por hacerse un estudio detallado de este tipo cerámico que
se expande más allá de la carpetania, documentándose a mediados del s.IV a.C.
En menor proporción encontramos también las vajillas a torno, como son cierto
tipo de producciones grises estampilladas o peinadas. Tampoco podemos olvidar
la presencia, cada vez más expresiva, de cerámicas importadas, en especial
vajilla ática de barniz negro y piezas de barniz rojo, casi siempre en forma de
pequeños fragmentos procedentes de vasos.
Sobre
la metalurgia apenas encontramos datos. Sabemos que entre los objetos de hierro
está presente el cuchillo de hoja curva. Entre las producciones de bronce se
conocen algunas fábulas cuya tipología nos indica una amplia red de relaciones.
Los ejemplares más antiguos son las de doble resorte, se han recuperado también
tipos anulares, con o sin timbal.
Respecto
al hábitat, a diferencia de la heterogeneidad de las esferas cercanas en el
tiempo y espacio, el patrón de asentamiento mantiene durante largo tiempo una
red de pequeños establecimientos cuyas dimensiones apenas sufren variaciones
con respecto a los de la Edad del Bronce o el Hierro Antiguo. La red de
asentamientos menores se nos presenta como pequeños caseríos instalados en
llano, generalmente al borde de las terrazas fluviales más altas. Solo en un
momento más avanzado empiezan a construirse de forma más generalizada recintos
realizados en adobes sobre zócalos líticos que desarrollan plantas
rectangulares o cuadrangulares. Hasta ahora, no se han conocido obras de tipo
defensivo. Lo más característico son los pequeños núcleos con fondos de cabaña
que conforman ocupaciones de duración limitada, generalmente en zonas rasas,
pero también sobre aterrazamientos fluviales. Son hábitats tradicionales desde
la Edad del Bronce y frecuentes en todo el territorio de este estudio.
Las
manifestaciones funerarias se mantienen fieles a su tradición. El ritual de
cremación aparece en Madrid a partir del siglo V a.C. Sin embargo, todo apunta
a que no se desarrollaron grandes cementerios a consecuencia del poblamiento
disperso que hemos señalado. Es digno de señalar la ausencia de ajuares, entre
cuyos elementos existe una ausencia de armas y objetos de prestigio. Se puede
afirmar, por tanto, que estamos ante una sociedad poco jerarquizada.